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El Reencuentro

Autor: Joan Aubià i Colera

A medida que me acercaba al local de la celebración del II Encuentro Glorias ZVH, intentaba prepararme emocionalmente para el reencuentro con las personas que vivieron conmigo esa historia entrañable: Domingo Bosch, Miralles, Giró, Montse Cuscó, Eduardo Truco y Nadala, Pastor, Jover, Madrigal y tantos otros que iban apareciendo, entre la sonrisa y el abrazo.

Durante las horas previas de esa tarde, intenté reconstruir los flashes del pasado. Reconozco que imité el sistema de Vladimir Nabokov, el escritor ruso expatriado a Estados Unidos, famoso por la creación de su novela Lolita, que en otro libro llamado “Habla Memoria” cuenta que hace resurgir su infancia en la Rusia Zarista, en base a profundizar y profundizar en el recuerdo, relajado, en silencio, en una habitación con poca luz, la memoria empieza a enlazar detalles y poco a poco, vas metiéndote y hallando en pliegos mas profundos de tu subconsciente, recuerdos pequeños que son hallazgos que celebras , cada uno, como un diminuto tesoro. Os invito a realizar ese ejercicio y anotar lo que vayáis encontrando.

Se me aparece la noche y el metro desde Gracia, estación de Fontana, el olor del metro y el ruido de las escaleras mecánicas. En la mano veo un billete verde, de ida y vuelta, más grande que los otros. Valía dos pesetas y cincuenta céntimos. Si cerráis los ojos, seguro que lográis ver esa moneda. Color y presencia de peseta, con la cara del inevitable y más grande que una peseta.

Ese recuerdo va pegado a la llegada a Vía Layetana y al fresco de una maña de invierno. Era Enero de 1970 cuando entré en Zurich-Vita-Hispania. Las majestuosas ( a mi me lo parecieron) escaleras del Edificio de la Catedral . Los ascensores pintados de rojo quizás granate, el despacho de Don Vicente Sancho, su tez dorada por el sol. Las serias palabras que me dirigió y el apretón de manos felicitándome por entrar en una casa tan seria y solvente reconocida como “La Catedral del Seguro”

Uno no puede hacer mas que vivir su vida en conexión con otras personas, no con todas ,y el reencuentro volvió a reproducir esa ley del tiempo. Cuando la fiesta avanzaba y se desmontaba en pequeños grupos se reproducían las viejas preferencias, las antiguas afinidades que surgidas del compañerismo pivotaban ya en la amistad.

Todas las personas se reconocían como portadores de una histórica compartida, protagonistas de un mundo pretérito que renacía gracias al el esfuerzo, tesón y perseverancia de Julia, Jorge, Pepe, Montse etc.

Ya dentro de la sala, durante la actuación, o más tarde, cuando saludaba o charlaba con otros, noté que el objetivo se había alcanzado y el torrente de magia de la situación, brotaba sin cesar.

El pasado volvía a aparecer en mi mente cuando, en un momento del evento, me senté en una esquina y dejé pasear mi vista por el local. Veía a Domingo Bosch, el señor Bosch para nosotros, sentado en su despacho que compartía con los señores Fité, Cendoya y Aymar que dejó la Compañía antes de llegar al edificio de Vía Augusta.

Como un torrente aparecían más recuerdos enlazados casi al azar: El ormig y su olor a alcohol, los desayunos entre las pólizas que tintaban las mesas de amarillo y azul salpimentados de blanco y algunas manchas de aceite y sal. Mesas de fórmica con aguas grises o mas de madera marrón. No todas iguales, las cosas se aprovechaban. Las batas azules de las chicas y de las señoras, uno se fija mas en las chicas a los 15 años, sobre todo si ellas rondaban los 17. La fiesta me traía los recuerdos de ellas, años atrás. En la celebración, en el reencuentro la mayoría se habían convertido en estupendas señoras y nosotros, lejos de los quince, somos unos perfectos caballeros, por describir el momento en estilo elegante.

No quise comparar la fiesta 2012 con la situación en años anteriores, pero la magnitud del acto no deslucía en mi opinión de la anterior. Esta vez se quiso buscar el nexo común, las complicidades compartidas sobre referencias quizás comunes aunque no generales en el trabajo esforzado de unos actores que introducían frases para ellos desconocidas pero para nosotros referenciales de vivencias pasadas. Ahí ocurrió que la vida les gastó una bromita a nuestros amigos organizadores. La vida, implacable, nos demostró, otra vez más, que hay muchos ángulos y que lo que tu valoras como un recuerdo fundamental, pasa desapercibido para otros.

Jorge repitió varias veces una frase famosa. “ ompli el pit d’aire”, “aguantil”. Esa frase, pronunciada con voz chillona, un poco de pito, por alguien que en bata blanca y dentro de un camión sanitario nos hacía radiografías de pecho, era, año tras año, motivo de cachondeo entre los futuros radiografiados. Recuerdo el camión estacionado en Vía Augusta, frente al edificio en los últimos años.

Decía que la vida le había jugado una de sus bromas a Jorge porque la frase fue famosa para muchos de Actas, de Pólizas, de la DR.1 de Siniestros, pero el tiempo había sepultado este ángulo de la vida en muchos de los asistentes que no percibían la referencia. Sentí entonces un profundo agradecimiento a Jorge y a todos, porque quizás nos dábamos cuenta que la vida, implacable, había avanzado en su riqueza y seguro, que para muchos, otros recuerdos se habían convertido en referencia propia y nosotros los desconocíamos.

Algunas, entonces chicas, hoy señoras, bajaron corriendo apresuradas al semisótano donde se había aperturado la sala de baile y, al poco, regresaron, apesadumbradas y algo sorprendidas al ver que no había aparecido ningún “chico” de antes con el cubata en la mano, el Winston entre los dedos ( entonces se podía) y esa mirada , medio burlona y provocativa, de quién sabiéndose joven y atractivo, las iba a invitar a bailar.

El tiempo inexorable nos había mantenido pegados a la conversación obviando la pequeña puerta al pasado que hubiera sido la sala de baile.

Estuvieron también las “nuevas generaciones” gentes más jóvenes, informáticos supervivientes de esa profesión en donde se han librado verdaderas batallas, amigos entrañables que han estado siempre detrás de las pantallas y aplicaciones que, ya en Vía Augusta, se convirtieron en el nuevo paisaje que, día a día, contemplaban nuestros ojos y que sustituyó al cromatismo de las pólizas de Hispania y Zurich.

Ellos y también otros que entraron mucho después de 1970, tienen otra historia o, mejor, de ellos es otro ángulo de nuestra misma historia y les echo el guante a ver si lo recogen y la cuentan

Cuando recuperé de nuevo la noche fresca de la calle Caspe, mi cabeza me pedía acercarme a la Avenida de la Catedral y dedicar un callado y personal homenaje al tiempo ido, dejar que la nostalgia me tendiera trampas y que el perfume de otros días me absorbiera más profundamente.

Era imposible, otra voz en mi interior, me requería: mañana tienes que levantarte a las 7 aunque sea festivo, el niño tiene partido de fútbol y a las 8 debe estar en el campo, encima juega en campo contrario. La dulce dictadura del presente nos reclama a todos siempre, Por eso esperemos con fervor que llegue la próxima fiesta de Glorias Z-V-H.